Ella sabía que estaba a un paso del precipicio. Y sabía, con una claridad abrumadora, que iba a dar ese paso.
¿Que por qué no le importaba? Porque esa era un problema con el que tendría que lidiar su yo del futuro. Porque aunque sabía que era un error confiar en él, que nunca conseguiría lo que quería... Los momentos en los que creía ser feliz merecían todo lo demás. O eso creía ella. Así que había lanzado una moneda al aire, cara carpe diem, cruz hacer caso a su sentido común.
A pesar de lo que podáis imaginaros salió cruz. Pero poco le importaba a ella porque la decisión la tomó mucho antes de que la moneda diese vueltas en el aire. Porque cuando algo te hace feliz, aunque sea de forma momentánea, aunque sepas que luego te va a dar más comeduras de cabeza que alegrías, merece la pena.
Porque no sabemos lo que puede pasar mañana, porque no sabemos si quiera si hay un mañana. Así que... ¿Por qué preocuparse? Lo que tenga que pasar pasará, y puede que sea la confirmación de todo lo que creíamos que podría ir mal. O puede que, por una vez, el futuro nos sorprenda.
Y ahí está ella, con un pie sobre el vacío, confiando en que, por una vez, el futuro la sorprendiera como nunca antes lo había hecho.